Motín, causa y castigo de los culpables

Motín, causa y castigo de los culpables
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Algunos actos individuales de insubordinación, parecen haber constreñido al coronel a dar muestras de energía para evitar que la disciplina de la legión se resintiera. El problema habría comenzado con la deserción de algunos legionarios, cuatro de los cuales habrían llegado al Azul presentándose a las autoridades. Para evitar que otros renegados pudieran confundirse fácilmente con los indios, cosa que sucedía a menudo, Olivieri ordenó cortarse el cabello y la barba a todos sus soldados.

Las medidas habrían sido muy rigurosas, pues según un documento el planteo de Olivieri habría sido extremo al postular el fusilamiento como única pena para cualquier falta importante. Como resultado de esas medidas, algunos oficiales consideraron oportuno retirarse dejando el puesto a otros que se adaptaran mejor a lo que consideraron exceso de rigor de parte de su comandante.

Más adelante, se encuentra el parte del comandante Juan Susviela afirmando no haber podido dar cumplimiento al decreto del 29 de julio de 1856, por el cual debía seguir la sumaria sobre los hechos denunciados por Olivieri contra el mayor Santiago Calzadilla, culpándolo por el estado de exaltación de la Legión Agrícola. Calzadilla y otros fueron remitidos engrillados por mar hacia Buenos Aires

Llegados los rumores a Buenos Aires, en la prensa algunos se mostraron complacidos de presentar la situación con los caracteres de una auténtica disolución de cuerpo, incluso como la ruina misma de la colonia.
Juan Bautista Cuneo había apoyado las enérgicas decisiones adoptadas por su compañero de causa y amigo personal desde "La Legione Agricola". Domingo Faustino Sarmiento dedicó un meduloso editorial, poniendo como ejemplo el comportamiento del jefe italiano.

Pero el malestar no pasaba únicamente por la cuestión disciplinaria. La situación en un comienzo tan risueñamente pintada, estaba signada por aspectos más sombríos. Las contrariedades pronto se rebelaron como notables, y el espíritu de los legionarios comenzó a decaer.

La lentitud burocrática que se revelaba en los trámites de la comisión protectora y del gobierno porteño (bizantinas discusiones parlamentarias por la partida presupuestaria que brindaría sostén a la legión), estaban socavando la moral de la entera legión. En espera de los donativos prometidos, se habían preparado ladrillos para construir cabañas más cómodas que las miserables que utilizaban y sólo podían ser toleradas como refugio provisorio, pero hubieron de permanecer amontonados en total abandono...como los mismos legionarios, quienes comenzaron a manifestar resentimiento contra lo que algunos dieron en llamar "pérfido abandono".

Toda esta situación estalló la noche del 29 de setiembre de 1856 en un motín de un sector de los legionarios contra su jefe -debido a una supuesta condena a muerte recaída sobre dos legionarios-, quien a pesar de resistir valientemente el asedio a su rancho, fue ultimado junto a sus dos asistentes y el capellán de Bahía Blanca, José Cassani, que se encontraba accidentalmente en su compañía.

El 19 de octubre de 1856 fue nombrada en Buenos Aires una comisión interventora, integrada por los tenientes coroneles Ignacio Rivas, José Murature y Juan Susviela, quienes tenían como objetivo dominar el estado en que se encontraba la Legión Agrícola Militar.

Deberían procurar que el pensamiento de la colonia no se abandonara haciendo entender a los legionarios que el Gobierno cumpliría todos sus compromisos; explorarían la opinión de la legión a fin de ver cuál era el oficial que reunía sus simpatías y el más capaz de continuar con el espíritu de la colonia; deberían hacer las mas prolijas investigaciones para descubrir los autores del motín y someterlos a un Consejo de Guerra verbal; igualmente quedaban facultados para separar todos los elementos indeseables de la legión.

La comisión determina un mes después que la legión continuaría con algunas modificaciones en el primer contrato elevado por Olivieri. En principio, la legión se denominaría solo Legión Agrícola, ocupándose del servicio militar los días de fiesta o en caso de alarma, quedando el resto de la semana apta para trabajar haciendo guardias por precaución.

Al Capitán Administrativo Felipe Caronti, íntimo amigo y uno de los más fieles defensores de Olivieri, le fue ofrecido el puesto de comandante efectivo de la legión, honor que éste rechazó al considerar que los hombres que la integraban estaban mejor preparados para el combate que para empuñar el arado. Luego se retiró a Bahía Blanca, acompañado por aquellos que quisieran efectivamente cultivar la tierra.

A partir de allí, la legión fue solo Legión Militar, siendo nombrado el 28 de noviembre de 1856 el teniente coronel de Infantería de Línea, Antonio Susini, como su comandante.

La indagación posterior sobre responsabilidades, demostraría que la legión estaba sujeta a fuertes disensiones internas debido a la presencia de agitadores que centraban sus diferencias en las acusaciones de malos tratos y dolo lanzadas contra su jefe, sus hermanos y otros oficiales, aunque las mismas no fueron comprobadas apropiadamente.

Juan Susviela, comandante del Fuerte Argentino de Bahía Blanca, debió soportar nuevos intentos de amotinamiento de los legionarios -con grave riesgo para su vida y la de su tropa-, aunque los principales responsables del motín primero habían huido.

Recapturados más tarde, fueron sujetos a un Consejo de Guerra de Oficiales: en marzo de 1857 eran 26 los legionarios presos en la cárcel pública, acusados de ser cómplices en el asesinato de Olivieri. La causa había pasado a manos del Fiscal Permanente, teniente coronel Nicasio Biedma.

En ese mismo año, el coronel Bartolomé Mitre, ministro de Guerra y Marina, fue informado de que en la cárcel pública se notaba un estado de exaltación extraordinario, en especial entre los 26 legionarios que estaban presos por el asesinato de Olivieri. Mitre ordenó que se reforzara la guardia y se sacaran los diez legionarios más insubordinados, dividiéndolos entre los dos buques de la escuadra.

Tras tomar declaraciones a numerosos testigos, el Consejo de Guerra dictó sentencia el 22 de abril de 1858, condenando:

– al sargento Felice Perreti y al cabo Paolo Nezzi (prófugos) a ser pasados por las armas de frente a las banderas y sus cuerpos suspedidos de la horca como homicidas desleales;

– al sargento Bernardo Giarelli a 10 años de presidio;

– al sargento Carlo Rolando (o Rodandone) y el soldado Luis Sagliachi (o Ricetti) a 4 años de presidio;

– al alférez Vicente Pintos, el cabo Luis Podestá y el soldado Juan Siri a 4 años de presidio;

–    al sargento Domingo Galliani a 4 años y al sargento Julio Cattaneo a 3 años de presidio;

–    al corneta Víctor de Lavalliere a 3 años de presidio, y al soldado Bartolomeo Fulcheri a 2 años de mayor servicio;

–    al brigadier Antonio Ravenna y al sargento Senatorio Antoniani a 2 años de presidio;

–    al soldado Carlos Dubois a 2 años de mayor servicio.

 

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